La naranja mecánica

Contraportada

ANTHONY BURGESS (1917-1993) ha escrito música de cámara y algunas obras para orquesta, y ha publicado entre otros libros un ensayo sobre Joyce, un panorama de la ficción contemporánea, y varias novelas. La naranja mecánica cuenta la historia del nadsat-adolescente Alex y sus tres drugos-amigos en un mundo de crueldad y destrucción. Alex tiene, ha escrito Burgess, “los principales atributos humanos; amor a la agresión, amor al lenguaje y amor a la belleza. Pero es joven y no ha entendido aún la verdadera importancia de la libertad, la que disfruta de un modo tan violento. En cierto sentido vive en el Edén, y sólo cuando cae (como en verdad le ocurre, desde una ventana) parece capaz de llegar a transformarse en un verdadero ser humano”. 

“Uno de los pocos libros que he sido capaz de leer en los últimos años”.

WILLIAM BURROUGHS

Introducción

La naranja mecánica exprimida de nuevo

Publiqué la novela A Clockwork Orange en 1962, lapso que debería haber bastado para borrarla de la memoria literaria del mundo. Sin embargo se resiste a ser borrada, y de esto la versión cinematográfica de Stanley Kubrick es la principal responsable. De buena gana la repudiaría por diferentes razones, pero eso no está permitido. Recibo cartas de estudiantes que tratan de escribir tesis sobre la novela, o peticiones de dramaturgos japoneses para convertirla en una suerte de obra de teatro noh. Así pues, es altamente probable que sobreviva, mientras que otras obras mías que valoro más muerden el polvo. Esta no es una experiencia inusual para los artistas. Rachmaninoff solía lamentarse de que se le conociera principalmente por un Preludio en Do menor sostenido que compuso en la adolescencia, mientras que sus obras de madurez no entraban nunca en los programas. Los niños afilan sus dientes pianísticos en un Minueto en Sol que Beethoven compuso sólo para poder detestarlo. Tendré que seguir viviendo con La naranja mecánica, y eso significa que me liga a ella un cierto deber de autor. Tengo un deber muy especial hacia ella en los Estados Unidos, y será mejor que explique en qué consiste. 

Expondré la situación sin rodeos. La naranja mecánica nunca ha sido publicada completa en Norteamérica. El libro que escribí está dividido en tres partes de siete capítulos cada una. Recurra a su calculadora de bolsillo y descubrirá que eso hace un total de veintiún capítulos. 21 es el símbolo de la madurez humana, o lo era, puesto que a los 21 tenías derecho a votar y asumías las responsabilidades de un adulto. Fuera cual fuese su simbología, el caso es que 21 fue el número con el que empecé. A los novelistas de mi cuerda les interesa la llamada numerología, es decir que los números tienen que significar algo para los humanos cuando éstos los utilizan. El número de capítulos nunca es del todo arbitrario. Del mismo modo que un compositor musical trabaja a partir de una vaga imagen de magnitud y duración, el novelista parte con una imagen de extensión, y esa imagen se expresa en el número de partes y capítulos en los que se dispondrá la obra. Esos veintiún capítulos eran importantes para mí. 

Pero no lo eran para mi editor de Nueva York. El libro que publicó sólo tenía veinte capítulos. Insistió en eliminar el veintiuno. Naturalmente, yo podía haberme opuesto y llevar mi libro a otra parte, pero se consideraba que él estaba siendo caritativo al aceptar mi trabajo y que cualquier otro editor de Nueva York o Boston rechazaría el manuscrito sin contemplaciones. En 1961 necesitaba dinero, aun la miseria que me ofrecían como anticipo, y si la condición para que aceptasen el libro significaba también su truncamiento, que así fuera. Por tanto hay una profunda diferencia entre La naranja mecánica que es conocida en Gran Bretaña y el volumen algo más delgado que lleva el mismo título en los Estados Unidos de América. 

Sigamos adelante. El resto del mundo recibió sus ejemplares a través de Gran Bretaña, y por eso la mayoría de las versiones (ciertamente las traducciones francesa, italiana, rusa, hebrea, rumana y alemana) tienen los veintiún capítulos originales. Ahora bien, cuando Stanley Kubrick rodó su película, aunque lo hizo en Inglaterra, siguió la versión norteamericana, y al público fuera de los Estados Unidos le pareció que la historia acababa algo prematuramente. No es que los espectadores exigieran la devolución de su dinero, pero se preguntaban por qué Kubrick había suprimido el desenlace. Muchos me escribieron a propósito de eso; la verdad es que me he pasado buena parte de mi vida haciendo declaraciones xerográficas, de intención y de frustración de intención, mientras que Kubrick y mi editor de Nueva York gozaban tranquilamente de la recompensa por su mala conducta. La vida, por supuesto, es terrible. 

¿Oué ocurría en ese vigésimo primer capítulo? Ahora tienen la oportunidad de averiguarlo. En resumen, mi joven criminal protagonista crece unos años. La violencia acaba por aburrirlo y reconoce que es mejor emplear la energía humana en la creación que en la destrucción. La violencia sin sentido es una prerrogativa de la juventud; rebosa energía pero le falta talento constructivo. Su dinamismo se ve forzado a manifestarse destrozando cabinas telefónicas, descarrilando trenes, robando coches y luego estrellándolos y, por supuesto, en la mucho más satisfactoria actividad de destruir seres humanos. Sin embargo, llega un momento en que la violencia se convierte en algo juvenil y aburrido. Es la réplica de los estúpidos y los ignorantes. Mi joven rufián siente de pronto, como una revelación, la necesidad de hacer algo en la vida, casarse, engendrar hijos, mantener la naranja del mundo girando en las rucas de Bogo, o manos de Dios, y quizás incluso crear algo, música por ejemplo. Después de todo Mozart y Mendelssohn compusieron una música celestial en la adolescencia o nadsat, mientras que lo único que hacía mi héroe era rasrecear y el viejo unodós-unodós. Es con una especie de vergüenza que este joven que está creciendo mira ese pasado de destrucción. Desea un futuro distinto. 

En el vigésimo capítulo no hay ningún indicio de este cambio. El chico es condicionado y luego descondicionado y contempla con júbilo la recuperación de una voluntad libre y violenta. «Sí, yo ya estaba curado», dice, y así concluyen el libro norteamericano y la película. El capítulo veintiuno concede a la novela una cualidad de ficción genuina, un arte asentado sobre el principio de que los seres humanos cambian. De hecho, no tiene demasiado sentido escribir una novela a menos que pueda mostrarse la posibilidad de una transformación moral o un aumento de sabiduría que opera en el personaje o personajes principales. Incluso los malos bestsellers muestran a la gente cambiando. Cuando una obra de ficción no consigue mostrar el cambio, cuando sólo muestra el carácter humano como algo rígido, pétreo, impenitente, abandona el campo de la novela y entra en la fábula o la alegoría. La Naranja norteamericana o de Kubrick es una fábula; la británica o mundial es una novela. 

Pero mi editor de Nueva York veía mi vigésimo primer capítulo como una traición. Era muy británico, blando, y mostraba una renuencia pelagiana a aceptar que el ser humano podía ser un modelo de maldad impenitente. Venía a decir que los norteamericanos eran más fuertes que los británicos y no temían enfrentarse a la realidad. Pronto se verían enfrentados a ella en Vietnam. Mi libro era kennediano y aceptaba la noción de progreso moral. Lo que en realidad se quería era un libro nixoniano sin un hilo de optimismo. Dejemos que la maldad se pavonee en la página y hasta la última línea y se ría de todas las creencias heredadas, judía, cristiana, musulmana o cualquier otra, y de que los humanos pueden llegar a ser mejores. Un libro así sería sensacional, y lo es. 

Pero no creo que sea una imagen justa de la vida humana. 

Y no lo creo porque, por definición, el ser humano está dotado de libre albedrío, y puede elegir entre el bien y el mal. Si sólo puede actuar bien o sólo puede actuar mal, no será más que una naranja mecánica, lo que quiere decir que en apariencia será un hermoso organismo con color y zumo, pero de hecho no será más que un juguete mecánico al que Dios o el Diablo (o el Todopoderoso Estado, ya que está sustituyéndolos a los dos) le darán cuerda. Es tan inhumano ser totalmente bueno como totalmente malvado. Lo importante es la elección moral. La maldad tiene que existir junto a la bondad para que pueda darse esa elección moral. La vida se sostiene gracias a la enconada 

oposición de entidades morales. De eso hablan los noticiarios televisivos. Desgraciadamente hay en nosotros tanto pecado original que el mal nos parece atractivo. Destruir es más fácil y mucho más espectacular que crear. Nos gusta morirnos de miedo ante visiones de destrucción cósmica. Sentarse en una habitación oscura y componer la Missa Solemnis o la Anatomía de la melancolía no da pie a titulares ni a flashes informativos. Desgraciadamente mi pequeño libelo atrajo a muchos porque despedía los miasmas del pecado original como un cartón de huevos podridos. 

Parece mojigato e ingenuo negar que mi intención al escribir la novela era excitar las peores inclinaciones de mis lectores. Mi saludable herencia de pecado original se exterioriza en el libro y disfruto violando y destruyendo por poderes. Es la cobardía innata del novelista, que delega en personajes imaginarios los pecados que él tiene la prudencia de no cometer. Pero el libro también guarda una lección moral, la tradicional repetición de la importancia de la elección moral. Es precisamente el hecho de que esa lección destaca tanto la que me hace menospreciar a veces La naranja mecánica como una obra demasiado didáctica para ser artística. No es misión del novelista predicar, sino mostrar. Yo he mostrado suficiente, aunque a veces lo oculta la cortina de un idioma inventado; otro aspecto de mi cobardía. El nadsat, una versión rusificada del inglés, fue concebido para amortiguar la cruda respuesta que se espera de la pornografía. Convierte el libro en una aventura lingüística. La gente prefiere la película porque el lenguaje los asusta, y con razón. 

No creo tener que recordar a los lectores el significado del título. Las naranjas mecánicas no existen, excepto en el habla de los viejos londinenses. La imagen era extraña, siempre aplicada a cosas extrañas. «Ser más raro que una naranja mecánica» quiere decir que se es extraño hasta el límite de lo extraño. En sus orígenes «raro» [queer] no denotaba homosexualidad, aunque «raro» era también el nombre que se daba a un miembro de la fraternidad invertida. Los europeos que tradujeron el título como Arancia a Orologeria o Orange Mécanique no alcanzaban a comprender su resonancia cockney y alguno pensó que se refería a una granada de mano, una piña explosiva más barata. Yo la uso para referirme a la aplicación de una moralidad mecánica a un organismo vivo que rebosa de jugo y dulzura. 

Los lectores del capítulo veintiuno deben decidir por sí mismos si mejora el libro que presumiblemente conocen o realmente se trata de un miembro prescindible. Mi intención era que el libro concluyese de esta manera, pero tal vez mi juicio estético no era correcto. Los escritores raras veces son sus mejores críticos, y tampoco son críticos. Quod scripsi scripsi, dijo Poncio Pilatos cuando hizo a Jesucristo rey de los judíos. «Lo que he escrito, escrito está». Podemos destruir lo que hemos escrito, pero no podemos borrarlo. Con lo que el doctor Johnson llamaba fría indiferencia expondré lo escrito al juicio de ese 0,00000001 de la población norteamericana al que le importan esas cuestiones. Coman esta porción dulce o escúpanla. Son libres. 

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-Anthony Burgess

Noviembre de 1986 

La verdad de las mentiras

Introducción

Desde que escribí mi primer cuento me han preguntado si lo que escribía «era verdad». Aunque mis respuestas satisfacen a veces a los curiosos, a mí me queda rondando, vez que contesto a esa pregunta, no importa cuan sincero sea, la incómoda sensación de haber dicho algo que nunca da en el centro del blanco. 

Si las novelas son ciertas o falsas importa a cierta gente tanto como que sean buenas o malas y muchos lectores, consciente o inconscientemente, hacen depender lo segundo de lo primero. Los inquisidores españoles, por ejemplo, prohibieron que se publicaran o importaran novelas en las colonias hispanoamericanas con el argumento de que esos libros disparatados y absurdos —es decir, mentirosos— podían ser perjudiciales para la salud espiritual de los indios. Por esta razón, los hispanoamericanos sólo leyeron ficciones de contrabando durante trescientos años y la primera novela que, con tal nombre, se publicó en América española apareció sólo después de la independencia (en México, en 1816). Al prohibir no unas obras determinadas sino un género literario en abstracto, el Santo Oficio estableció algo que a sus ojos era una ley sin excepciones: que las novelas siempre mienten, que todas ellas ofrecen una visión falaz de la vida. Hace años escribí un trabajo ridiculizando a esos arbitrarios, capaces de una generalización semejante. Ahora pienso que los inquisidores españoles fueron acaso los primeros en entender —antes que los críticos y que los propios novelistas— la naturaleza de la ficción y sus propensiones sediciosas. 

En efecto, las novelas mienten —no pueden hacer otra cosa— pero ésa es sólo una parte de la historia. La otra es que, mintiendo, expresan una curiosa verdad, que sólo puede expresarse disimulada y encubierta, disfrazada de lo que no es. Dicho así, esto tiene el semblante de un galimatías. Pero, en realidad, se trata de algo muy sencillo. Los hombres no están contentos con su suerte y casi todos —ricos o pobres, geniales o mediocres, célebres u oscuros— quisieran una vida distinta de la que viven. Para aplacar —tramposamente— ese apetito nacieron las ficciones. Ellas se escriben y se leen para que los seres humanos tengan las vidas que no se resignan a no tener. En el embrión de toda novela bulle una inconformidad, late un deseo. 

¿Significa esto que la novela es sinónimo de irrealidad? ¿Que los introspectivos bucaneros de Conrad, los morosos aristócratas proustianos, los anónimos hombrecillos castigados por la adversidad de Franz Kafka y los eruditos metafísicos de los cuentos de Borges nos exaltan o nos conmueven porque no tienen nada que hacer con nosotros, porque nos es imposible identificar sus experiencias con las nuestras? Nada de eso. Conviene pisar con cuidado, pues este camino —el de la verdad y la mentira en el mundo de la ficción— está sembrado de trampas y los invitadores oasis que aparecen en el horizonte suelen ser espejismos. 

¿Qué quiere decir que una novela siempre miente? No lo que creyeron los oficiales y cadetes del Colegio Militar Leoncio Prado, donde —en apariencia, al menos— sucede mi primera novela, La ciudad y los perros, que quemaron el libro acusándolo de calumnioso a la institución. Ni lo que pensó mi primera mujer al leer otra de mis novelas, La tía Julia y el escribidor, y que, sintiéndose inexactamente retratada en ella, ha publicado luego un libro que pretende restaurar la verdad alterada por la ficción. Desde luego que en ambas historias hay más invenciones, tergiversaciones y exageraciones que recuerdos y que, al escribirlas, nunca pretendí ser anecdóticamente fiel a unos hechos y personas anteriores y ajenos a la novela. En ambos casos, como en todo lo que he escrito, partí de algunas experiencias aún vivas en mi memoria y estimulantes para mi imaginación y fantaseé algo que refleja de manera muy infiel esos materiales de trabajo. No se escriben novelas para contar la vida sino para transformarla, añadiéndole algo. En las novelitas del francés Restif de la Bretonne la realidad no puede ser más fotográfica, ellas son un catálogo de las costumbres del siglo XVIII francés. En estos cuadros costumbristas tan laboriosos, en los que todo semeja la vida real, hay, sin embargo, algo diferente, mínimo pero revolucionario. Que, en ese mundo, los hombres no se enamoran de las damas por la pureza de sus facciones, la galanura de su cuerpo, sus prendas espirituales, etc., sino, exclusivamente, por la belleza de sus pies (se ha llamado, por eso, «bretonismo» al fetichismo del botín). De una manera menos cruda y explícita, y también menos consciente, todas las novelas rehacen la realidad —embelleciéndola o empeorándola— 

como lo hizo, con deliciosa ingenuidad, el profuso Restif. En esos sutiles o groseros agregados a la vida —en los que el novelista materializa sus secretas obsesiones— reside la originalidad de una ficción. Ella es más profunda cuanto más ampliamente exprese una necesidad general y cuantos más sean, a lo largo del espacio y del tiempo, los lectores que identifiquen, en esos contrabandos filtrados a la vida, los oscuros demonios que los desasosiegan. ¿Hubiera podido yo, en aquellas novelas, intentar una escrupulosa exactitud con los recuerdos? Ciertamente. Pero aun si hubiera conseguido esa aburrida proeza de sólo narrar hechos ciertos y describir personajes cuyas biografías se ajustaban como un guante a las de sus modelos, mis novelas no hubieran sido, por eso, menos mentirosas o más ciertas de lo que son. 

Porque no es la anécdota lo que en esencia decide la verdad o la mentira de una ficción. Sino que ella sea escrita, no vivida, que esté hecha de palabras y no de experiencias concretas. Al traducirse en palabras, los hechos sufren una profunda modificación. El hecho real —la sangrienta batalla en la que tomé parte, el perfil gótico de la muchacha que amé— es uno, en tanto que los signos que podrían describirlo son innumerables. Al elegir unos y descartar otros, el novelista privilegia una y asesina otras mil posibilidades o versiones de aquello que describe: esto, entonces, muda de naturaleza, lo que describe se convierte en lo descrito. ¿Me refiero sólo al caso del escritor realista, aquella secta, escuela o tradición a la que sin duda pertenezco, cuyas novelas relatan sucesos que los lectores pueden reconocer como posibles a través de su propia vivencia de la realidad? Parecería, en efecto, que para el novelista de linaje fantástico, el que describe mundos irreconocibles y notoriamente inexistentes, no se plantea siquiera el cotejo entre la realidad y la ficción. En verdad, sí se plantea, aunque de otra manera. La «irrealidad» de la literatura fantástica se vuelve, para el lector, símbolo o alegoría, es decir, representación de realidades, de experiencias que sí puede identificar en la vida. Lo importante es esto: no es el carácter «realista» o «fantástico» de una anécdota lo que traza la línea fronteriza entre verdad y mentira en la ficción. 

A esta primera modificación —la que imprimen las palabras a los hechos— se entrevera una segunda, no menos radical: la del tiempo. La vida real fluye y no se detiene, es inconmensurable, un caos en el que cada historia se mezcla con todas las historias y por lo mismo no empieza ni termina jamás. La vida de la ficción es un simulacro en el que aquel vertiginoso desorden se vuelve orden: organización, causa y efecto, fin y principio. La soberanía de una novela no resulta sólo del lenguaje en que está escrita. También, de su sistema temporal, de la manera como discurre en ella la existencia: cuándo se detiene, cuándo se acelera y cuál es la perspectiva cronológica del narrador para describir ese tiempo inventado. Si entre las palabras y los hechos hay una distancia, entre el tiempo real y el de una ficción hay siempre un abismo. El tiempo novelesco es un artificio fabricado para conseguir ciertos efectos psicológicos. En él el pasado puede ser posterior al presente —el efecto preceder a la causa— como en ese relato de Alejo Carpentier, Viaje a la semilla, que comienza con la muerte de un hombre anciano y continúa hasta su gestación, en el claustro materno; o ser sólo pasado remoto que nunca llega a disolverse en el pasado próximo desde el que narra el narrador, como en la mayoría de las novelas clásicas; o ser eterno presente sin pasado ni futuro, como en las ficciones de Samuel Beckett; o un laberinto en que pasado, presente y futuro coexisten, anulándose, como en El sonido y la furia, de Faulkner. 

Las novelas tienen principio y fin y, aun en las más informes y espasmódicas, la vida adopta un sentido que podemos percibir porque ellas nos ofrecen una perspectiva que la vida verdadera, en la que estamos inmersos, siempre nos niega. Ese orden es invención, un añadido del novelista, simulador que aparenta recrear la vida cuando en verdad la rectifica. A veces sutil, a veces brutalmente, la ficción traiciona la vida, encapsulándola en una trama de palabras que la reducen de escala y la ponen al alcance del lector. Éste puede, así, juzgarla, entenderla, y, sobre todo, vivirla con una impunidad que la vida verdadera no consiente. 

¿Qué diferencia hay, entonces, entre una ficción y un reportaje periodístico o un libro de historia? ¿No están compuestos ellos de palabras? ¿No encarcelan acaso en el tiempo artificial del relato ese torrente sin riberas, el tiempo real? La respuesta es: se trata de sistemas opuestos de aproximación a lo real. En tanto que la novela se rebela y transgrede la vida, aquellos géneros no pueden dejar de ser sus siervos. La noción de verdad o mentira funciona de manera distinta en cada caso. Para el periodismo o la historia la verdad depende del cotejo entre lo escrito y la realidad que lo inspira. A más cercanía, más verdad, y, a más distancia, más mentira. Decir que la Historia de la Revolución Francesa, de Michelet, o la Historia de la 

Conquista del Perú, de Prescott, son «novelescas» es vejarlas, insinuar que carecen de seriedad. En cambio, documentar los errores históricos de La guerra y la paz sobre las guerras napoleónicas sería una pérdida de tiempo: la verdad de la novela no depende de eso. ¿De qué, entonces? De su propia capacidad de persuasión, de la fuerza comunicativa de su fantasía, de la habilidad de su magia. Toda buena novela dice la verdad y toda mala novela miente. Porque «decir la verdad» para una novela significa hacer vivir al lector una ilusión y «mentir» ser incapaz de lograr esa superchería. La novela es, pues, un género amoral, o, más bien, de una ética sui generis, para la cual verdad o mentira son conceptos exclusivamente estéticos. Arte «enajenante», es de constitución anti-brechtiana: sin «ilusión» no hay novela. 

De lo que llevo dicho, parecería desprenderse que la ficción es una fabulación gratuita, una prestidigitación sin trascendencia. Todo lo contrario: por delirante que sea, hunde sus raíces en la experiencia humana, de la que se nutre y a la que alimenta. Un tema recurrente en la historia de la ficción es: el riesgo que entraña tomar lo que dicen las novelas al pie de la letra, creer que la vida es como ellas la describen. Los libros de caballerías queman el seso a Alonso Quijano y lo lanzan por los caminos a alancear molinos de viento y la tragedia de Emma Bovary no ocurriría si el personaje de Flaubert no intentara parecerse a las heroínas de las novelitas románticas que lee. Por creer que la realidad es como pretenden las ficciones, Alonso Quijarlo y Emma sufren terribles quebrantos. ¿Los condenamos por ello? No, sus historias nos conmueven y nos admiran: su empeño imposible de vivir la ficción nos parece personificar una actitud idealista que honra a la especie. Porque querer ser distinto de lo que se es ha sido la aspiración humana por excelencia. De ella resultó lo mejor y lo peor que registra la historia. De ella han nacido también las ficciones. 

Cuando leemos novelas no somos el que somos habitualmente, sino también los seres hechizos entre los cuales el novelista nos traslada. El traslado es una metamorfosis: el reducto asfixiante que es nuestra vida real se abre y salimos a ser otros, a vivir vicariamente experiencias que la ficción vuelve nuestras. Sueño lúcido, fantasía encarnada, la ficción nos completa, a nosotros, seres mutilados a quienes ha sido impuesta la atroz dicotomía de tener una sola vida y los deseos y fantasías de desear mil. Ese espacio entre nuestra vida real y los deseos y las fantasías que le exigen ser más rica y diversa es el que ocupan las ficciones. 

En el corazón de todas ellas llamea una protesta. Quien las fabuló lo hizo porque no pudo vivirlas y quien las lee (y las cree en la lectura) encuentra en sus fantasmas las caras y aventuras que necesitaba para aumentar su vida. Esa es la verdad que expresan las mentiras de las ficciones: las mentiras que somos, las que nos consuelan y desagravian de nuestras nostalgias y frustraciones. ¿Qué confianza podemos prestar, pues, al testimonio de las novelas sobre la sociedad que las produjo? ¿Eran esos hombres así? Lo eran, en el sentido de que así querían ser, de que así se veían amar, sufrir y gozar. Esas mentiras no documentan sus vidas sino los demonios que las soliviantaron, los sueños en que se embriagaban para que la vida que vivían fuera más llevadera. Una época no está poblada únicamente de seres de carne y hueso; también, de los fantasmas en que estos seres se mudan para romper las barreras que los limitan y los frustran. 

Las mentiras de las novelas no son nunca gratuitas: llenan las insuficiencias de la vida. Por eso, cuando la vida parece plena y absoluta y, gracias a una fe que todo lo justifica y absorbe, los hombres se conforman con su destino, las novelas no suelen cumplir servicio alguno. Las culturas religiosas producen poesía, teatro, rara vez grandes novelas. La ficción es un arte de sociedades donde la fe experimenta alguna crisis, donde hace falta creer en algo, donde la visión unitaria, confiada y absoluta ha sido sustituida por una visión resquebrajada y una incertidumbre creciente sobre el mundo en que se vive y el trasmundo. Además de amoralidad, en las entrañas de las novelas anida cierto escepticismo. Cuando la cultura religiosa entra en crisis, la vida parece escurrirse de los esquemas, dogmas, preceptos que la sujetaban y se vuelve caos: ése es el momento privilegiado para la ficción. Sus órdenes artificiales proporcionan refugio, seguridad, y en ellos se despliegan, libremente, aquellos apetitos y temores que la vida real incita y no alcanza a saciar o conjurar. La ficción es un sucedáneo transitorio de la vida. El regreso a la realidad es siempre un empobrecimiento brutal: la comprobación de que somos menos de lo que soñamos. Lo que quiere decir que, a la vez que aplacan transitoriamente la insatisfacción humana, las ficciones también la azuzan, espoleando los deseos y la imaginación. 

Los inquisidores españoles entendieron el peligro. Vivir las vidas que uno no vive es fuente de ansiedad, un desajuste con la existencia que puede tornarse rebeldía, actitud indócil frente a lo establecido. Es comprensible, por ello, que los regímenes que aspiran a controlar totalmente la vida, desconfíen de las ficciones y las sometan a censuras. Salir de sí mismo, ser otro, aunque sea ilusoriamente, es una manera de ser menos esclavo y de experimentar los riesgos de la libertad. 

II 

«Las cosas no son como las vemos sino como las recordamos», escribió Valle Inclán. Se refería sin duda a cómo son las cosas en la literatura, irrealidad a la que el poder de persuasión del buen escritor y la credulidad del buen lector confieren una precaria realidad. 

Para casi todos los escritores, la memoria es el punto de partida de la fantasía, el trampolín que dispara la imaginación en su vuelo impredecible hacia la ficción. Recuerdos e invenciones se mezclan en la literatura de creación de manera a menudo inextricable para el propio autor, quien, aunque pretenda lo contrario, sabe que la recuperación del tiempo perdido que puede llevar a cabo la literatura es siempre un simulacro, una ficción en la que lo recordado se disuelve en lo soñado y viceversa. 

Por eso la literatura es el reino por excelencia de la ambigüedad. Sus verdades son siempre subjetivas, verdades a medias, relativas, verdades literarias que con frecuencia constituyen inexactitudes flagrantes o mentiras históricas. Aunque la cinematográfica batalla de Waterloo que aparece en Los miserables nos exalte, sabemos que ésa fue una contienda que libró y ganó Victor Hugo y no la que perdió Napoleón. O, para citar un clásico valenciano medieval, la conquista de Inglaterra por los árabes que describe el Tirant lo Blanc es totalmente convincente y nadie se atrevería a negarle verosimilitud con el mezquino argumento de que en la historia real jamás un ejército árabe atravesó el Canal de la Mancha. 

La recomposición del pasado que opera la literatura es casi siempre falaz juzgada en términos de objetividad histórica. La verdad literaria es una y otra la verdad histórica. Pero, aunque esté repleta de mentiras —o, más bien, por ello mismo— la literatura cuenta la historia que la historia que escriben los historiadores no sabe ni puede contar. 

Porque los fraudes, embaucos y exageraciones de la literatura narrativa, sirven para expresar verdades profundas e inquietantes que sólo de esta manera sesgada ven la luz. 

Cuando Joanot Martorell nos cuenta en el Tirant lo Blanc que la princesa Carmesina era tan blanca que se veía pasar el vino por su garganta nos dice algo técnicamente imposible, que, sin embargo, bajo el hechizo de la lectura, nos parece una verdad inmarcesible, pues en la realidad fingida de la novela, a diferencia de lo que ocurre en la nuestra, el exceso no es jamás la excepción, siempre la regla. Y nada es excesivo si todo lo es. En el Tirant lo son sus combates apocalípticos, de puntilloso ritual, y las proezas del héroe que, solo, derrota a muchedumbres y devasta literalmente media Cristiandad y todo el Islam. Lo son sus cómicos rituales como los de ese personaje, pío y libidinoso, que besa a las mujeres en la boca tres veces en homenaje a la Santísima Trinidad. Y es siempre excesivo, en sus páginas, igual que la guerra, el amor, que suele tener también consecuencias cataclísmicas. Así, Tirant, cuando ve por primera vez, en la penumbra de una cámara funeral, los pechos insurgentes de la princesa Carmesina, entra en estado poco menos que cataléptico y permanece derrumbado en una cama sin dormir ni comer ni articular palabra varios días. Cuando por fin se recupera, es como si estuviera aprendiendo de nuevo a hablar. Su primer balbuceo es: «Yo amo». 

Esas mentiras no delatan lo que eran los valencianos de fines del siglo XV sino lo que hubieran querido ser y hacer; no dibujan a los seres de carne y hueso de ese tiempo tremebundo sino a sus fantasmas. Materializan sus apetitos, sus miedos, sus deseos, sus rencores. Una ficción lograda encarna la subjetividad de una época y por eso las novelas, aunque, cotejadas con la historia, mientan, nos comunican unas verdades huidizas y evanescentes que escapan siempre a los descriptores científicos de la realidad. Sólo la literatura dispone de las técnicas y poderes para destilar ese delicado elixir de la vida: la verdad escondida en el corazón de las mentiras humanas. Porque en los engaños de la literatura no hay ningún engaño. No debería haberlo, por lo menos, salvo para los ingenuos que creen que la literatura debe ser objetivamente fiel a la vida y tan dependiente de la 

realidad como la historia. Y no hay engaño porque, cuando abrimos un libro de ficción, acomodamos nuestro ánimo para asistir a una representación en la que sabemos muy bien que nuestras lágrimas o nuestros bostezos dependerán exclusivamente de la buena o mala brujería del narrador para hacernos vivir como verdades sus mentiras y no de su capacidad para reproducir fidedignamente lo vivido. 

Estas fronteras bien delimitadas entre literatura e historia —entre verdades literarias y verdades históricas— son una prerrogativa de las sociedades abiertas. En ellas, ambos quehaceres coexisten, independientes y soberanos, aunque complementándose en el designio utópico de abarcar toda la vida. Y quizá la demostración mayor de que una sociedad es abierta, en el sentido que Karl Popper dio a esta calificación, es que en ella ocurre así: autónomas y diferentes, la ficción y la historia coexisten, sin invadir ni usurpar la una los dominios y las funciones de la otra. 

En las sociedades cerradas sucede al revés. Y, por eso, tal vez la mejor manera de definir a una sociedad cerrada sea diciendo que en ella la ficción y la historia han dejado de ser cosas distintas y pasado a confundirse y suplantarse la una a la otra cambiando constantemente de identidades como en un baile de máscaras. 

En una sociedad cerrada el poder no sólo se arroga el privilegio de controlar las acciones de los hombres —lo que hacen y lo que dicen—; aspira también a gobernar su fantasía, sus sueños y, por supuesto, su memoria. En una sociedad cerrada el pasado es, tarde o temprano, objeto de una manipulación encaminada a justificar el presente. La historia oficial, la única tolerada, es escenario de esas mágicas mudanzas que hizo famosa la enciclopedia soviética (antes de la perestroika); protagonistas que aparecen o desaparecen sin dejar rastros, según sean redimidos o purgados por el poder, y acciones de los héroes y villanos del pasado que cambian, de edición en edición, de signo, de valencia y de sustancia, al compás de los acomodos y reacomodos de las camarillas gobernantes del presente. Ésta es una práctica que el totalitarismo moderno ha perfeccionado pero no inventado; ella se pierde en los albores de las civilizaciones, las que, hasta hace relativamente poco tiempo, fueron siempre verticales y despóticas. 

Organizar la memoria colectiva; trocar a la historia en instrumento de gobierno encargado de legitimar a quienes mandan y de proporcionar coartadas para sus fechorías es una tentación congénita a todo poder. Los Estados totalitarios pueden hacerla realidad. En el pasado, innumerables civilizaciones la pusieron en práctica. 

Mis antiguos compatriotas, los Incas, por ejemplo. Ellos lo llevaban a cabo de manera contundente y teatral. Cuando moría el Emperador, morían con él no sólo sus mujeres y concubinas sino también sus intelectuales, a quienes ellos llamaban Amautas, hombres sabios. Su sabiduría se aplicaba fundamentalmente a esta superchería: convertir la ficción en historia. El nuevo Inca asumía el poder con una flamante corte de Amautas cuya misión era rehacer la memoria oficial, corregir el pasado, modernizándolo se podría decir, de tal manera que todas las hazañas, conquistas, edificaciones, que se atribuían antes a su antecesor, fueran a partir de ese momento transferidas al curriculum vitae del nuevo Emperador. A sus predecesores poco a poco se los iba tragando el olvido. Los Incas supieron servirse de su pasado, volviéndolo literatura, para que contribuyera a inmovilizar el presente, ideal supremo de toda dictadura. Ellos prohibieron las verdades particulares que son siempre contradictorias con una verdad oficial coherente e inapelable. (El resultado es que el Imperio Incaico es una sociedad sin historia, al menos sin historia anecdótica, pues nadie ha podido reconstruir de manera fehaciente ese pasado tan sistemáticamente vestido y desvestido como una profesional del strip-tease.) En una sociedad cerrada la historia se impregna de ficción, pasa a ser ficción, pues se inventa y reinventa en función de la ortodoxia religiosa o política contemporánea, o, más rústicamente, de acuerdo a los caprichos del dueño del poder. 

Al mismo tiempo, un estricto sistema de censura suele instalarse para que la literatura fantasee también dentro de cauces rígidos, de modo que sus verdades subjetivas no contradigan ni echen sombras sobre la historia oficial, sino, más bien, la divulguen e ilustren. La diferencia entre verdad histórica y verdad literaria desaparece y se funde en un híbrido que baña la historia de irrealidad y vacía a la ficción de misterio, de iniciativa y de inconformidad hacia lo establecido. 

Condenar a la historia a mentir y a la literatura a propagar las verdades confeccionadas por el poder, no es un obstáculo para el desarrollo científico y tecnológico de un país ni para la 

instauración de ciertas formas básicas de justicia social. Está probado que el Incario —logro extraordinario para su tiempo y para el nuestro— acabó con el hambre, consiguió dar de comer a todos sus subditos. Y las sociedades totalitarias modernas han dado un impulso grande a la educación, la salud, el deporte, el trabajo, poniéndolos al alcance de las mayorías, algo que las sociedades abiertas, pese a su prosperidad, no han conseguido, pues el precio de la libertad de que gozan se paga a menudo en tremendas desigualdades de fortuna y —lo que es peor— de oportunidad entre sus miembros. Pero cuando un Estado, en su afán de controlarlo y decidirlo todo arrebata a los seres humanos el derecho de inventar y de creer las mentiras que a ellos les plazcan, se apropia de ese derecho y lo ejerce como un monopolio a través de sus historiadores y censores —como los Incas por medio de sus Amautas— un gran centro neurálgico de la vida social queda abolido. Y hombres y mujeres padecen una mutilación que empobrece su existencia aun cuando sus necesidades básicas se hallen satisfechas. 

Porque la vida real, la vida verdadera, nunca ha sido ni será bastante para colmar los deseos humanos. Y porque sin esa insatisfacción vital que las mentiras de la literatura a la vez azuzan y aplacan, nunca hay auténtico progreso. 

La fantasía de que estamos dotados es un don demoníaco. Está continuamente abriendo un abismo entre lo que somos y lo que quisiéramos ser, entre lo que tenemos y lo que deseamos. 

Pero la imaginación ha concebido un astuto y sutil paliativo para ese divorcio inevitable entre nuestra realidad limitada y nuestros apetitos desmedidos: la ficción. Gracias a ella somos más y somos otros sin dejar de ser los mismos. En ella nos disolvemos y multiplicamos, viviendo muchas más vidas de la que tenemos y de las que podríamos vivir si permaneciéramos confinados en lo verídico, sin salir de la cárcel de la historia. 

Los hombres no viven sólo de verdades; también les hacen falta las mentiras: las que inventan libremente, no las que les imponen; las que se presentan como lo que son, no las contrabandeadas con el ropaje de la historia. La ficción enriquece su existencia, la completa, y, transitoriamente, los compensa de esa trágica condición que es la nuestra: la de desear y soñar siempre más de lo que podemos realmente alcanzar. 

Cuando produce libremente su vida alternativa, sin otra constricción que las limitaciones del propio creador, la literatura extiende la vida humana, añadiéndole aquella dimensión que alimenta nuestra vida recóndita: aquella impalpable y fugaz pero preciosa que sólo vivimos de a mentiras. 

Es un derecho que debemos defender sin rubor. Porque jugar a las mentiras, como juegan el autor de una ficción y su lector, a las mentiras que ellos mismos fabrican bajo el imperio de sus demonios personales, es una manera de afirmar la soberanía individual y de defenderla cuando está amenazada; de preservar un espacio propio de libertad, una ciudadela fuera del control del poder y de las interferencias de los otros, en el interior de la cual somos de veras los soberanos de nuestro destino. 

De esa libertad nacen las otras. Esos refugios privados, las verdades subjetivas de la literatura, confieren a la verdad histórica que es su complemento una existencia posible y una función propia: rescatar una parte importante —pero sólo una parte— de nuestra memoria: aquellas grandezas y miserias que compartimos con los demás en nuestra condición de entes gregarios. Esa verdad histórica es indispensable e insustituible para saber lo que fuimos y acaso lo que seremos como colectividades humanas. Pero lo que somos como individuos y lo que quisimos ser y no pudimos serlo de verdad y debimos por lo tanto serlo fantaseando e inventando —nuestra historia secreta— sólo la literatura lo sabe contar. Por eso escribió Balzac que la ficción era «la historia privada de la naciones». 

Por sí sola, ella es una acusación terrible contra la existencia bajo cualquier régimen o ideología: un testimonio llameante de sus insuficiencias, de su ineptitud para colmarnos. Y, por lo tanto, un corrosivo permanente de todos los poderes, que quisieran tener a los hombres satisfechos y conformes. Las mentiras de la literatura, si germinan en libertad, nos prueban que eso nunca fue cierto. Y ellas son una conspiración permanente para que tampoco lo sea en el futuro. 

-Mario Vargas Llosa

Barranco, 2 de junio de 1989 

Homeostasis y la vida vista en tercios

Originalmente publicada: LUNES, 13 DE ABRIL DE 2009

¿Qué es la homeostasis?

Wikipedia lo define como la tendencia de un sistema fisiológico de los animales superiores para mantener la estabilidad interna que se logra con la respuesta coordinada de sus partes; que ajustan sus funciones ante cualquier estímulo o situación que afecta las funciones o condiciones normales.

Sin embargo, creo que el término no sólo esta enfocado a la fisiología sino también a la vida misma. El equilibrio es la base de la felicidad. Una simple analogía nos ayudaría a entender esto: un automóvil. Si el automóvil lo usamos demasiado sin darle mantenimiento, se quema. De igual manera si nunca lo usamos, se pega.

No es fácil lograr este equilibrio, lo digo por experiencia propia. El trabajo, las relaciones interpersonales, la salud, el estrés, etc… todo forma parte de un rompecabezas que tenemos que aprender a armar. Quizá si enfocamos todas nuestras energías al trabajo y al estudio podemos ser exitosos de manera profesional, pero podemos descuidar otras áreas como la salud o las relaciones sociales, o al revés.

Un maestro en la escuela preparatoria alguna vez nos decía que podíamos dividir la vida en tres y considerar su totalidad como si fuera un día.  Veinticuatro horas dividido entre tres es igual a ocho (24 ÷ 3 = 8). Ocho horas para dormir, ocho para trabajar y ocho para recreación y socializar. Agregaba emocionado: ¨¡…por lo tanto compren una buena cama y obtengan un trabajo que les guste y ya tienen dos tercios de su vida descifrada! ¨ Suena matemáticamente lógico ¿no? Creo que es una buena manera de ver las cosas, sin embargo, ¿quién realmente lo practica? Analizo mi vida y la vida de gente cercana a mi y creo que no encuentro una sola persona que tenga ese equilibrio.

No creo que todos deben de vivir la vida en tercios siempre, hay momentos en donde tengo que darle muchas horas a un tercio y quitarle a otro ya que al final el día solo tiene veinticuatro horas, pero en momentos de autorreflexión como este creo que podemos analizar que tantas horas le estoy dedicando a cada tercio y si es lo que debería estar haciendo. Buscar aquella homeostasis te permitirá vivir plenamente y en equilibrio, sin descuidar otras áreas de tu vida (sin mencionar que los fisiólogos Walter Canon y Claude Bernard, descubridores de la homeostasis estarían más que satisfechos).

Como dije en la entrada anterior, de poetas y locos todos tenemos un poco y quien quiera vivir la vida en tercios que tire la primera piedra.

Bluebird by Charles Bukowski

there’s a bluebird in my heart that
wants to get out
but I’m too tough for him,
I say, stay in there, I’m not going
to let anybody see
you.

there’s a bluebird in my heart that
wants to get out
but I pour whiskey on him and inhale
cigarette smoke
and the whores and the bartenders
and the grocery clerks
never know that
he’s
in there.

there’s a bluebird in my heart that
wants to get out
but I’m too tough for him,
I say,
stay down, do you want to mess
me up?
you want to screw up the
works?
you want to blow my book sales in
Europe?

there’s a bluebird in my heart that
wants to get out
but I’m too clever, I only let him out
at night sometimes
when everybody’s asleep.
I say, I know that you’re there,
so don’t be
sad.

then I put him back,
but he’s singing a little
in there, I haven’t quite let him
die
and we sleep together like
that
with our
secret pact
and it’s nice enough to
make a man
weep, but I don’t
weep, do
you?

Pájaro Azul por Charles Bukowski

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí dentro, no voy
a permitir que nadie
te vea.


hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero yo le echo whisky encima y me trago
el humo de los cigarrillos,
y las putas y los camareros
y los dependientes de ultramarinos
nunca se dan cuenta
de que está ahí dentro.


hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí abajo, ¿es que quieres
montarme un lío?
¿es que quieres
mis obras?
¿es que quieres que se hundan las ventas de mis libros
en Europa?


hay un pájaro azul en mi corazón
que quiere salir
pero soy demasiado listo, sólo le dejo salir
a veces por la noche
cuando todo el mundo duerme.
le digo ya sé que estás ahí,
no te pongas
triste.


luego lo vuelvo a introducir,
y él canta un poquito
ahí dentro, no le he dejado
morir del todo
y dormimos juntos
así
con nuestro
pacto secreto
y es tan tierno como
para hacer llorar
a un hombre, pero yo no
lloro,
¿lloras tú?

El día de las madres (o el secreto del cuidado del paciente)

“El tratamiento de la enfermedad debe ser completamente impersonal, el tratamiento al paciente debe de ser completamente personal”.

-Francis W. Peabody

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“Aunque estoy fascinado por el conocimiento, estoy aún más fascinado por la sabiduría”.

-Abraham Verghese

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Siempre me refiero a mi año de internado de pregrado como uno de los mejores y a la vez peores años de mi vida profesional. Es durante este tiempo donde se empapa uno de las diferentes actividades clínicas y conoce la vida hospitalaria con guardias de 36 horas o más. A través de las rotaciones en distintos servicios se empieza a forjar el juicio clínico que te acompañará el resto de tu vida. Tuve la fortuna de hacerlo en un hospital emblemático de la ciudad de Guadalajara en donde atendí pacientes muy marginados de esa región. Una de esas rotaciones fue en el piso donde estaban los pacientes con enfermedades del riñón (nefrología). En aquel entonces el hospital ingresaba más pacientes con enfermedad renal crónica que traumatismos craneoencefálicos, algo verdaderamente increíble. En el censo diario llegamos a tener más de cien pacientes hospitalizados, contando los que se encontraban en el piso, en otros pisos y en la periferia del antiguo hospital. Durante el pase de visita el fin de semana (con un médico residente y un interno de pregrado) empezábamos a hacer los pendientes a las dos o tres de la tarde después de haberle pasado visita a más de cien pacientes desde muy temprano.

En aquel entonces yo quería ser nefrólogo, y me sabía todos los medicamentos que se usan habitualmente en esta especialidad incluyendo los antihipertensivos, los diuréticos y las indicaciones para diálisis urgente del Pocket Medicine (un libro de bolsillo publicado por los residentes de medicina interna del Hospital General de Massachusetts). Daba consulta sin supervisión y clases a los estudiantes de medicina. Durante mi segunda rotación en nefrología me tocó dar una clase para los residentes (algo que no era usual como médico interno) y recuerdo que presenté el artículo de revisión del New England Journal of Medicine titulado Rabdomiolisis y lesión renal aguda publicado en el 2009. Me acuerdo de ese detalle porque el residente con el que me tocaban las guardias (curiosamente le decían El Cazafantasmas, aunque nunca supe porqué) preguntaba mucho acerca del tema y había que estar preparado para responder adecuadamente sin hacer el ridículo.

Recuerdo con claridad que era mayo porque era día de las madres, y a mi me tocó estar de guardia en esa fecha. En México este día es una celebración de lo más importante, ya que las madres tienen una gran influencia en la familia mexicana, y la mía no era la excepción. En mi interior me sentía culpable de no pasar esta fecha con mi madre, y sobre todo por que no era la primera ni sería la última vez que me perdía algún evento familiar. Por fortuna las madres en México también tienen un poder sorprendente; la mía cambiaba la fecha de la cena de navidad cuando no estuviera yo de guardia y nadie se atrevía a objetar.

En piso teníamos un paciente joven del cual lamentablemente no logro recordar su nombre, pero era un adolescente con lo que en aquel tiempo se conocía como enfermedad renal en estadio terminal; un terrible nombre que por fortuna fue quedando atrás en la literatura médica. Este paciente venía acompañado de sus padres, y era a los que se conoce como “un viajero frecuente”. Siempre hospitalizado por un estado de anasarca o edema generalizado, ya no orinaba ni una sola gota, entonces su cuerpo se llenaba de agua y lo acumulaba en el peritoneo y en los pulmones, junto con un montón de toxinas. Durante la guardia, dicho joven comenzó con falta de aire de manera aguda y nos dimos cuenta de que estaba en edema agudo pulmonar. En este trastorno el líquido está dentro del tejido pulmonar y no hay manera de sacarlo más que con hemodiálisis urgente.

Cuando el joven comenzó con falta de aire, rápidamente tomé sus signos vitales y comencé a revisarlo. Su piel era morena, con esa escarcha urémica que caracteriza a la enfermedad, y a vuelo de pájaro se veía que estaba usando todos los músculos de su ser en un intento de jalar aire y no morir ahogado por tanto líquido acumulado. Su precordio estaba rítmico, pero hiperdinámico, con taquicardia; sus pulmones se encontraban con estertores generalizados. Tomé una gasometría arterial de uno de sus brazos y le puse oxígeno con mascarilla y reservorio. Mi impresión diagnóstica después del examen físico fue corroborada por El Cazafantasmas y ambos decidimos bajarlo a hemodiálisis urgente la cual estaba en la planta baja, con todas las trabas burocráticas y administrativas que eso implicaba. Hablé con sus padres y les expliqué lo grave del cuadro y de lo que teníamos que hacer. En ese momento no se quien estaba más ansioso, si el paciente y sus padres o yo, al enfrentarme por primera vez con un paciente tan grave que literalmente se ahogaba frente a mis ojos. Lamentablemente en la sala de hemodiálisis cayó en paro cardiaco durante el procedimiento y a pesar del protocolo de reanimación cardiopulmonar por más de una hora, no pudimos hacer nada. Su vida se había esfumado de ese cuerpo hinchado lleno de agua que yacía en la camilla.

El Cazafantasmas entonces me dijo que yo saldría a dar los informes con los padres y contarles lo que había sucedido. En un principio lo juzgué, pero en retrospectiva seguro estaba agotado emocionalmente por tener que lidiar con esa carga emocional todos los días. Finalmente, a mi me había tocado presenciar la evolución aguda de la enfermedad de este joven. Pero ¿cómo iba yo a darle la noticia a la madre? ¡Yo no era médico titulado aún! Y sobre todo ¿cómo iba a hacerlo el día de las madres? ¿Cómo se entrega el cuerpo de un hijo a su madre, en el día en el que celebramos su incansable labor? ¡Que injusticia! ¡Que terrible conspiración me estaba jugando el universo esa noche!

Me armé de valor y salí al pasillo en donde esperaban los familiares, aún temblando y sudando por las maniobras de resucitación (quien las ha realizado sabe que es físicamente agotador). No me había dado cuenta de que era tan tarde. En mi mente habían transcurrido minutos en lo que habíamos revisado al paciente y decidido que hacer, pero realmente creo que pasaron horas de todo este proceso. El padre de la medicina interna Sir William Osler decía en su libro Aequanimitas que el médico debía tener dos cualidades que nunca debería perder, la primera era una imperturbabilidad ante el paciente y la segunda una templanza de carácter (ecuanimidad) para siempre dar confianza al enfermo.

Aquella noche no recuerdo lo que le dije los familiares, pero seguramente mis palabras fueron lo opuesto de lo que habría querido Osler. No podía evitarlo, estaba conmocionado, agotado y decepcionado de lo que había pasado. Me había graduado con honores en la facultad de medicina bajo la modalidad de excelencia académica, pero nadie me había enseñado como decirle a una madre que su hijo había fallecido el día de las madres. No había una fórmula práctica como la que usábamos para corregir el potasio sérico y ninguna nemotecnia me serviría para obtener algo de dirección en esa situación. Recuerdo bien que la mamá estaba en shock y no dijo ni una sola palabra, seguro no podía procesar las noticias que yo le acaba de dar. Sin embargo, el padre, con la voz cortada, quebrándose del llanto, fue el único que pudo dirigirse hacia mi:

– Muchas gracias doctor, usted fue el único que no se le despegó, yo lo vi… no se le despegó a mi hijo, muchas gracias…desde que se puso malo, no se le despegó…usted estuvo con él siempre pegado, yo lo vi… no se le despegó, gracias doctor…-

Nunca olvidaré esas palabras. ¿Gracias? Lo único que hice por su hijo había sido escucharlo, hablar con él, tomar sus signos vitales, auscultar sus pulmones y su corazón… estar presente; estar ahí sabiendo que todo mi trabajo seguramente sería inútil sin una hemodiálisis de urgencia. Me parecía insólito que aquellos padres no fueran groseros o hasta agresivos conmigo, si yo estaba destrozado por mi futilidad ante el acontecimiento. Pero no fue así. No. Lo primero que pudo decir al enterarse de la muerte de su hijo, fueran palabras de agradecimiento. Me agradeció que estuve a su lado durante las últimas horas de la vida de su hijo. ¡Si yo no había hecho absolutamente nada médico para ayudarlo!… ¿o sí…?

Recordando esa experiencia, reflexiono en lo que pude haber hecho por aquel enfermo. Su condición era demasiado frágil y estaba prácticamente en tratamiento paliativo. Aunque hubiera sobrevivido aquel internamiento, seguramente habría fallecido en poco tiempo. Aparte de su enfermedad renal crónica, padecía de otra enfermedad sistémica con un pronóstico fatal: la pobreza. Todo conspiraba en contra de él hacia un desenlace fatal.

Aquella noche después del evento, recuerdo estar parado en el túnel del tiempo (así le decíamos al pasillo que conectaba la parte vieja con la parte nueva del hospital) y llamé a mi propia madre, ya entrada la noche, intentando sonar lo más normal posible en un esfuerzo estoico, que seguramente no resultó muy creíble pues las madres siempre lo saben todo. Después de una breve charla y una felicitación por su día, nos despedimos y respirando profundo, me lavé la cara con agua fría y fui a ver si había alguna eventualidad con los otros 99 pacientes que teníamos aquella noche. La guardia nocturna apenas comenzaba…

Hace poco leí un ensayo por el Dr. Francis W. Peabody titulado “El cuidado del paciente” (The Care of the Patient) publicado en el Journal of the American Medical Association (JAMA) en 1927. Todo el texto es magistral, pero lo que mas tocó fibras profundas en mí fue una breve frase:

“El secreto del cuidado del paciente está en cuidar al paciente”.  

Casi una década después, ahora entiendo que cuidar al paciente a veces puede ser tan simple como no despegarse de el; y eso no se aprende en ningún libro.

El libre albedrío

Para AGC, próximo residente de medicina interna.

Aquel día en Morelia me regaló un libro con la biografía de don Vasco (de Quiroga) y con mucho agradecimiento y cariño nos despedimos.

Mi muy querido hijo Benjamin: hoy que cumples 21 años y por mandato de ley, adquieres la responsabilidad ciudadana en el concierto de la sociedad universal; dejo constancia de mi mayor alegría porque nunca nos diste a tu madre y a mi motivo de vergüenza, de dolor o de amargura.

Ahora estás expuesto a tu libre albedrío y proyectarás tu personalidad en el camino de tu propio criterio que marcaras en el ejercicio de tu útil y abnegada profesión a la que te debes por vocación; ten en cuenta que requiere dedicación y esfuerzo, aquí quisiéramos que antepongas el interés de tus enfermos a toda consideración de egoísmo, comodidad o lucro. Así te lo expresaron tus maestros mexicanos y griegos.

Antes de sugerir algunas reglas generales de convivencia ciudadana, quiero decirte con toda la verdad de mi convicción, lo mucho que aprecio tu conducta disciplinada al estudio y tu adaptabilidad como miembro de una familia llena de carencias económicas, pero muy fortalecida y unida por el amor común y el afán de lucha en la búsqueda de mejores satisfactores que sirvan a nuestros hijos, así cumpliremos nuestro deber.

A manera de consejo, lo primero que necesita el hombre para orientar sus actividades en la vida es “CLASIFICARSE”, y así protegerse de las condiciones adversas que por causas ajenas a su voluntad influya su personalidad. En la problemática de la vida si no sabes ubicar el justo lugar que te corresponde, quedas expuesto a una readaptación que deja huellas de fracaso o dolor; por lo tanto no busques círculos de personas que por considerarte un intruso, te puedan ser hostiles. Trata de hacer el bien por el bien mismo, modera tus amplias y naturales facultades histriónicas; procura ser un hombre singular en la adquisición de conocimientos científicos y de cultura en general con el fin de que logres el respeto estimulante que todo estudioso.

Debes ser invulnerable al imperio de la vanidad, porque si estas incrustan tu ser, tendrás que sacrificar mucho de tu bienestar y la tranquilidad de tus hijos cuando los traigas a este mundo, si logras como es nuestro deseo, formar una familia llena de amor, sustentada en la comprensión y apoyada por las indestructibles columnas del respeto mutuo que se deben tener los esposos.

Que los buenos tiempos y Dios te acompañen.

Tu padre.

En alguna parte del libro, donde se dibuja un vasco de Quiroga con una mano sosteniendo una Red con la que enseñaba a los indígenas a pescar en el lago de Pátzcuaro, me encuentro una foto de mi amigo joven y sonriente, miro por detrás y leo una dedicatoria que dice: “a los que me hicieron ser y me enseñaron a tener fe”.

Sonrío, y por mi cara imagino los rostros orgullosos de sus padres, hermanos e hijos; de sus amigos y pacientes… De todos los personajes históricos como don Vasco, que como él y como mi amigo, vive en la ciencia y la transforma en el arte.

Autor: Sergio Buenrostro Martínez

Del libro: Medicina basada en cuentos: cuentos, relatos, crónicas y biografías, 2014.

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Pescadores del Lago de Pátzcuaro, al fondo la Isla de Janitzio, Michoacán 1940.

De hombres y pulpos

Recientemente vi el magnífico documental Mi maestro el pulpo en el servicio de streaming más popular hoy en día. Protagonizado y dirigido por Craig Foster, relata la aventura de un cineasta agotado personal y profesionalmente que busca refugio en la costa brava de Sudáfrica y en la profundidad conoce a un personaje muy peculiar; un pulpo común (Octopus vulgaris). A simple vista el documental parecería ser sobre este curioso octópodo y de sus características biológicas sorprendentemente complejas, pero en un plano más profundo en realidad trata de la humanidad y sus protagonistas. En su esfuerzo de refugiarse en el océano donde pasó su infancia finalmente logra establecer una conexión con él mismo y el mundo que lo rodea, incluyendo su hijo de quien previamente se había alejado.  

_____A lo largo de la historia hay muchos ejemplos de hombres y mujeres que se han adentrado en la naturaleza para buscar sabiduría y dirección, en un esfuerzo por lograr conectar con algo más grande que ellos mismos:

_____Jane Goodall, una primatóloga (ciencia que estudia a los primates) británica ha dedicado su vida al estudio de los chimpancés en la selva de Tanzania por más de 60 años. Su aventura comenzó en la década de los sesenta y desde entonces ha dedicado su vida y obra a la preservación de esta especie. Su primera obra abarca la primera década de su vida en África (My Friends the Wild Chimpanzees, 1969). A pesar de que hoy en día es considerada una de las autoridades mundiales en el comportamiento de estos animales, en un principio fue ampliamente criticada por su acercamiento “poco científico” a ellos. Por ejemplo, decidió ponerles nombre propio a los primates para identificarlos y no considerarlos meramente a través de un número o algún otro método sistemático.

_____Henry David Thoreau, naturalista y ensayista estadounidense, escribe su obra más famosa (Walden; or, Life in the Woods, 1854) mientras vive en una cabaña alejado del mundo por dos años, dos meses y dos días. Algunos lo consideran un experimento social, y otro un manual de como obtener una vida sencilla (a simple life). A mi me parece un ejercicio de autodescubrimiento a través de la observación y la reflexión ininterrumpida. “Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida… para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido.”

_____Oliver Sacks, neurólogo británico y maestro de la narrativa médica escribe varias obras en dónde se adentra a la naturaleza para descubrir su entorno (Oaxaca Journal, 2002) y a sus curiosos habitantes (The Island of the Colorblind, 1997).

_____Charles Darwin, naturalista británico, es ampliamente conocido por su teoría de la evolución de las especies y la selección natural. A los veintidós años sale de Inglaterra y da la vuelta al mundo en el HMS Beagle; en un viaje que duraría cinco años en donde se dedicó a observar y a escribir acerca de todo lo que encontraba a su paso, incluyendo una gran variedad de pinzones y otros fenómenos naturales. La reflexión obtenida después de este viaje en lugares tan remotos como las montañas de los Andes y las islas Galápagos culminaría en su obra más trascendental (On the Origin of Species, 1859) más de veinte años después de haber concluido su excursión. Sus hallazgos y meticulosas descripciones impactarían profundamente en nuestro entendimiento biológico y en tratar de responder la pregunta que nos hemos hecho los Homo sapiens desde tiempos inmemorables: ¿De dónde venimos?

_____La lección es clara:  Obtener un entendimiento más alto del mundo que nos rodea sólo se puede lograr a través de la práctica deliberada e ininterrumpida de la naturaleza por largos periodos de tiempo, siempre con un profundo respeto por el ecosistema en cuestión. A través de estas experiencias podemos acercarnos más a nosotros mismos y a nuestra propia humanidad. Este profundo entendimiento no se explica meramente a través de la ciencia, sino a través de una profundo contacto con nuestras emociones más básicas, como una parte intrínseca del comportamiento humano.

_____He escuchado la siguiente frase de John Donne (Devotions upon Emergent Occasion, 1624) buena parte de mi adulta, pero hasta hace un par de meses (durante la cuarentena) logré finalmente acercarme un poco más a su significado:

… Nadie es una isla por completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de un continente, una parte de la Tierra. Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la mansión de uno de tus amigos, o la tuya propia; por eso la muerte de cualquier hombre arranca algo de mi, porque estoy ligado a la humanidad; y por tanto, nunca preguntes por quién doblan las campanas, porque están doblando por ti…

Como nos demuestra Craig Foster magistralmente en el documental; todos somos parte de ese pulpo también. 

Autorretrato de Juan Rulfo en el Nevado de Toluca, Estado de México, 1940.

Poema XIV

Juegas todos los días con la luz del universo.
Sutil visitadora, llegas en la flor y en el agua.
Eres más que esta blanca cabecita que aprieto
como un racimo entre mis manos cada día.

A nadie te pareces desde que yo te amo.
Déjame tenderte entre guirnaldas amarillas
¿Quién escribe tu nombre con letras de humo entre las estrellas del sur?
Ah déjame recordarte como eras entonces, cuando aún no existías.

De pronto el viento aúlla y golpea mi ventana cerrada.
El cielo es una red cuajada de peces sombríos.
Aquí vienen a dar todos los vientos, todos.
Se desviste la lluvia.

Pasan huyendo los pájaros.
El viento. El viento.
Yo solo puedo luchar contra la fuerza de los hombres.
El temporal arremolina hojas oscuras
y suelta todas las barcas que anoche amarraron al cielo.

Tú estás aquí. Ah tú no huyes.
Tú me responderás hasta el último grito.
Ovíllate a mi lado como si tuvieras miedo.
Sin embargo alguna vez corrió una sombra extraña por tus ojos.

Ahora, ahora también, pequeña, me traes madreselvas,
y tienes hasta los senos perfumados.
Mientras el viento triste galopa matando mariposas
yo te amo, y mi alegría muerde tu boca de ciruela.

Cuánto te habrá dolido acostumbrarte a mí,
a mi alma sola y salvaje, a mi nombre que todos ahuyentan.
Hemos visto arder tantas veces el lucero besándonos los ojos
y sobre nuestras cabezas destorcerse los crepúsculos en abanicos girantes.

Mis palabras llovieron sobre ti acariciándote.
Amé desde hace tiempo tu cuerpo de nácar soleado.
Hasta te creo dueña del universo.
Te traeré de las montañas flores alegres, copihues,
avellanas oscuras, y cestas silvestres de besos.

Quiero hacer contigo
lo que la primavera hace con los cerezos.

20 poemas de amor y una canción desesperada, Pablo Neruda

El rey poeta

Nehuatl nictlazotla in centzontototl icuicauh

Nehuatl nictlazotla in centzontototl icuicauh,
Nehuatl nictlazotla in chalchihuitl Itlapaliz
Ihuan in ahuiacmeh xochimeh;
Zan oc cenca noicniuhtzin in tlacatl,
Nehuatl nictlazotla

Amo El Canto del Cenzontle

Amo el canto del cenzontle,
pájaro de cuatrocientas voces,
amo el color del jade,
y el enervante perfume de las flores;
Pero amo más a mi hermano, el hombre

-Nezahualcóyotl

La auscultación directa

“Al final, el doctor Juvenal Urbino le pidió a la enferma que se sentara, y le abrió la camisa de dormir hasta la cintura con un cuidado exquisito: el pecho intacto y altivo, de pezones infantiles, resplandeció un instante como un fogonazo en las sombras de la alcoba, antes de que ella se apresurara a ocultarlo con los brazos cruzados. Imperturbable, el médico le apartó los brazos sin mirarla, y le hizo la auscultación directa con la oreja contra la piel, primero el pecho y luego la espalda”.

-El amor en los tiempos del cólera. Gabriel García Márquez, 1985.

La exploración física establece uno de los vínculo más importantes a través del cual podemos entablar una relación con nuestro paciente. Consiste en una coreografía sutil, ordenada y rítmica que hacemos todos los días para tratar de armar un diagnóstico sindromático, topográfico y etiológico; el mismo que nos permite identificar correctamente el síndrome de opercular anterior bilateral de Foix-Chavany-Marie o el de motoneurona mixto de Lou Gehrig y Charcot; el ritmo irregularmente irregular de la fibrilación auricular o el reflujo hepatoyugular de la insuficiencia cardiaca derecha; la pectoriloquia afóna de la consolidación pulmonar y la tuberculosis.

El utilizar todos nuestros sentidos a la hora de una consulta incluye el uso tacto, como una manera de palpar la enfermedad y hasta la propia alma del paciente. Muchos proclaman que esta técnica cada vez va en declive, dando pie a nueva tecnología que podrá decirnos a través de análisis de macrodatos y usando un algoritmo (big data, machine learning) exactamente la enfermedad que tiene nuestro enfermo, con tan solo pulsar un botón de nuestro teléfono inteligente (cerebrum alterno). A mi me cuesta trabajo creerlo. La tecnología hoy en día es una herramienta imprescindible y debemos usarla para mejorar los desenlaces clínicos de nuestro pacientes, sin embargo nunca podrá substituir el lado humanístico de la medicina y esta necesidad atávica de todos los homo sapiens: la necesidad de tocar y ser tocados por nuestros semejantes sin ninguna herramienta más que la de nuestras propias manos.

Como dice atinadamente Abraham Verghese en Mi propio país al examinar a un paciente moribundo por complicaciones de VIH a principio de los ochenta en el sureste de los Estados Unidos:

“Mis herramientas–el martillo, la linterna, el estetoscopio–están dispersas en la cama. Mientras recojo una por una, me doy cuenta de que lo único que podía ofrecerle a Luther era el ritual del examen físico, esta danza de shaman del oeste. Ahora la danza ha terminado y los beeps y blips de los monitores comienzan a registrar otra vez, así como la voz aburrida de una operadora en el altavoz“.


Una sala del hospital durante la visita del médico en jefe por Luis Jiménez Aranda
Museo del Prado, 1889