La auscultación directa

“Al final, el doctor Juvenal Urbino le pidió a la enferma que se sentara, y le abrió la camisa de dormir hasta la cintura con un cuidado exquisito: el pecho intacto y altivo, de pezones infantiles, resplandeció un instante como un fogonazo en las sombras de la alcoba, antes de que ella se apresurara a ocultarlo con los brazos cruzados. Imperturbable, el médico le apartó los brazos sin mirarla, y le hizo la auscultación directa con la oreja contra la piel, primero el pecho y luego la espalda”.

-El amor en los tiempos del cólera. Gabriel García Márquez, 1985.

La exploración física establece uno de los vínculo más importantes a través del cual podemos entablar una relación con nuestro paciente. Consiste en una coreografía sutil, ordenada y rítmica que hacemos todos los días para tratar de armar un diagnóstico sindromático, topográfico y etiológico; el mismo que nos permite identificar correctamente el síndrome de opercular anterior bilateral de Foix-Chavany-Marie o el de motoneurona mixto de Lou Gehrig y Charcot; el ritmo irregularmente irregular de la fibrilación auricular o el reflujo hepatoyugular de la insuficiencia cardiaca derecha; la pectoriloquia afóna de la consolidación pulmonar y la tuberculosis.

El utilizar todos nuestros sentidos a la hora de una consulta incluye el uso tacto, como una manera de palpar la enfermedad y hasta la propia alma del paciente. Muchos proclaman que esta técnica cada vez va en declive, dando pie a nueva tecnología que podrá decirnos a través de análisis de macrodatos y usando un algoritmo (big data, machine learning) exactamente la enfermedad que tiene nuestro enfermo, con tan solo pulsar un botón de nuestro teléfono inteligente (cerebrum alterno). A mi me cuesta trabajo creerlo. La tecnología hoy en día es una herramienta imprescindible y debemos usarla para mejorar los desenlaces clínicos de nuestro pacientes, sin embargo nunca podrá substituir el lado humanístico de la medicina y esta necesidad atávica de todos los homo sapiens: la necesidad de tocar y ser tocados por nuestros semejantes sin ninguna herramienta más que la de nuestras propias manos.

Como dice atinadamente Abraham Verghese en Mi propio país al examinar a un paciente moribundo por complicaciones de VIH a principio de los ochenta en el sureste de los Estados Unidos:

“Mis herramientas–el martillo, la linterna, el estetoscopio–están dispersas en la cama. Mientras recojo una por una, me doy cuenta de que lo único que podía ofrecerle a Luther era el ritual del examen físico, esta danza de shaman del oeste. Ahora la danza ha terminado y los beeps y blips de los monitores comienzan a registrar otra vez, así como la voz aburrida de una operadora en el altavoz“.


Una sala del hospital durante la visita del médico en jefe por Luis Jiménez Aranda
Museo del Prado, 1889

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