El observatorio de Sayula

Ficción VII

tolvanera:

Del lat. turbo, -inis ‘remolino’.

1. f. Remolino de polvo.

Llegué a laguna de Sayula en el verano de 1985. No sabía bien bien porque estaba ahí; aunque si para lo que me habían contratado. Hastiado de la ciudad y de sus luces, su ruido ensordecedor y su inescapable olor a basura, quise alejarme de la gran urbe por unos meses. Mi trabajo consistía en vigilar la laguna y avistar las tolvaneras que con frecuencia ahí ocurrían. Si había alguna que se acercara a la carretera tenía que comunicar el hallazgo a la Secretaría Comunicaciones y Transportes en un esfuerzo de bloquear la carretera Guadalajara-Colima antes de que ocurriera cualquier accidente. Esto era importante para el turismo y para las transacciones comerciales que tanto unían a ambos poblados.

Mi torre era de hierro, pequeña, con una base aún más pequeña en la parte superior con vista de 360°. Al norte colindaba con la Sierra de Tapalpa, al sur con la carretera, al oriente al poniente con la laguna de Sayula. A decir verdad, más que laguna era un desierto, hace muchos años que no había agua en ese lugar. Aquel era un mar color ocre lleno de dunas que con el viento parecían olas.

Mi pequeño cuarto consistía en una cama, un librero, una radio A.M., una mesa y una silla; con cuatro grandes ventanas y un balcón afuera de cada una de ellas donde podía caminar alrededor de la torre sin detenerme, con el objetivo de vigilar las tolvaneras desde cualquier dirección. 

Llegué a observar miles de veces aquel desierto de arena parduzca y aunque llegué para perderme en aquella infinidad, de alguna manera acabé encontrándome. Llevaba algunos libros entre los cuales se encontraban las meditaciones de Marco Aurelio y me acordé de una frase que por primera vez entendí acerca de los antiguos estoicos: Memento Mori (recuerda que vas a morir). Nada como la muerte para entender la vida. En Sayula aprendí la diferencia entre soledad y solitud. La primera se sufre, la segunda se goza.

De pronto pensé en mi padre y como su noción del tiempo era completamente diferente a la mía, su frase favorita era:

-El tiempo es dinero. –

Un exitoso hombre de negocios, había trabajado desde los 14 años como boleador de zapatos en la antigua central camionera de Guadalajara y a través de muchísimo esfuerzo llegó a convertirse en socio de la Red de trenes Pullman que conectaba el sur de Jalisco, una de las redes ferroviarias más importantes del país.

-Hijo. No tienes dirección. Te la pasas leyendo esas pinches novelas igual que tu madre. ¿Qué puedes aprender de la vida en esos libros? A tu edad yo tenía tres trabajos: mesero del club campestre, vendedor de máquinas de escribir y hasta chofer. Así se hacen los hombres en este país… A base de esfuerzo, sudor y lágrimas. Yo no tenía tiempo de estar leyendo tonterías.”

Pensé en decirle que mientras él se ganaba la vida en la administración de los trenes, yo había viajado a las nieves del Kilimanjaro, había atrapado (y perdido) un gran pez vela en el Golfo de México y me había embriagado con los toreros en Madrid; todo esto sin salir de mi cuarto y en compañía de mi buen amigo Hemingway. Pero me quedé callado. Mi padre imponía.

En lo único que coincidíamos era en dos cosas, nuestro amor incondicional a mi madre (su esposa) y en las peleas de box los sábados por la noche. Nos sentábamos en la sala de la casa, prendíamos el viejo radio y sintonizábamos el programa “Los guantes de oro”, en donde recreaban las grandes peleas de antaño, incluyendo las peleas de Rodrigo “El Flaco” Gutiérrez y Juan “El Torito” Briseño. Ninguno de los dos hablaba, nos limitábamos a escuchar estos grandes duelos mientras comíamos cacahuates y bebíamos ron con coca, imaginando a dos hombres de más de 90 kilos bailar en un cuadrilátero semi-desnudos y abrazarse para agarrar aire cuando ya no podían más. Dicen que nada une a dos hombres más que una buena pelea mano a mano.

A la gente pan y circo-, decía divertida mi madre.

Yo había asistido a un internado para hombres en Suiza, había hecho la escuela preparatoria en una escuela muy elitista en las afueras de Nueva York llamada Pointsetter Academy. Nunca me había faltado nada. Mi padre jamás tuvo esas oportunidades y no dudaba en recordármelo. Sin embargo, yo no quería seguir sus pasos, yo lo que en realidad quería era ser escritor y por eso, naturalmente, a Sayula fui a parar…

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