La hemorragia talámica y el abanico de madera

C. era una mujer diestra de 41 años que desarrolló una hemorragia cerebral masiva en el tálamo derecho secundaria a una crisis hipertensiva.

El tálamo, una estructura profunda con muchos núcleos de substancia gris, sirve como sistema de relevo cerebral y entre otras funciones, regula el ciclo de sueño-vigilia junto con el hipotálamo.

A mi me tocó recibir a C. en piso, después de que pasó mucho tiempo en la unidad de cuidados intensivos. La tomografía de cráneo a su ingreso era ominosa. La hemorragia se expandía fuera de los límites del tálamo con mucho edema perilesional, desplazamiento de estructuras, sangre intraventricular e hidrocefalia. En fin, una catástrofe intracraneal.

En un principio pensé que no iba a sobrevivir a aquella hemorragia masiva. En contra de mi propia expectativa, sobrevivió el insulto inicial y subió a piso con traqueostomía, gastrostomía y parálisis de todo el hemicuerpo izquierdo. No abría los ojos, no respondía órdenes, no había seguimiento ocular; prácticamente se encontraba en un estado de coma. Una verdadera tragedia en una mujer tan joven. Irreversible, pensé.

Sin embargo, al pasar de los días me tocó evidenciar un fenómeno muy interesante. Un día entré a su cuarto y C. estaba perfectamente despierta, con un abanico de madera en su mano derecha, ventilando aire tranquilamente. El abanico era uno de esos que provienen de alguna zona muy calurosa del país (probablemente Mérida o Veracruz) y que despiden cierto aroma a perfume cuando se usa. Me llamó tanto la atención, que su hermana se acercó a mi me dijo que toda su vida había sido muy calurosa y siempre cargaba ese abanico. Al pasar de los días el calor se volvió insoportable y tuvieron que poner un ventilador eléctrico portátil y no volví a ver aquel abanico.

Desde ese día pude interactuar con ella con relativa facilidad. Podía seguír órdenes sencillas (con obvias limitaciones al no poder mover su parte izquierda del cuerpo) y me escribía en una pequeña libreta sus dudas, acerca de la enfermedad y sobre todo preguntándome cuando podría regresar a casa. Siendo diestra, su hemisferio dominante era el izquierdo, el cual estaba intacto y pareciera que estaba tomando el papel del otro hemisferio dañado.

En la ultima tomografía el sangrado había disminuido notablemente, sin hidrocefalia, solo una cicatriz en un tejido que no siempre es tan benévolo en cuanto a regeneración.

Aún no encontramos la causa de la crisis hipertensiva, pero de todos los síndromes talámicos que me ha tocado ver, este es sin duda uno de los más sorprendentes.

Mi principal error con C. fue ver la tomografía antes de verla a ella. Me recordó que tratamos pacientes, y no tomografías. Al verla usar ese abanico, aunque solo fuera por un día, y posteriormente poder interactuar con ella, me di cuenta de la integridad de sus circuitos neuronales y de cómo el cerebro busca la manera de adaptarse a ese daño que quizá no era tan irreversible después de todo.

C. me enseñó una importante lección:

«Sigo aquí dentro; y tengo calor».